Ni nunca ni siempre ni ninguna
palabra trampa para este tiempo
puro como un cometa desatado
de su constelación.
Sólo hábiles contornos desdibujados,
firmes fronteras fugaces.
La felicidad borrosa de un miope
que despierta en la cama con alguien.
(Laura al asalto)
De pequeña, a veces
daba abrazos a mi madre
a modo de ensayo general por si alguna vez tuviera que abrazar a un hombre.
Pero mamá era suave y
tenía dos tetas (al menos al principio)
y no siempre funcionaba la ficción.
Mamá no apretaba muy fuerte
era pequeña y tenía el culo ancho
y la barriga de haber dado a luz
casi tres veces.
Mi mejilla contra la suya
--pareces una vaca--
pero no había barba en esa cara de nariz
aguileña y ojos
más aguileños aún.
Nunca encontré nada en sus abrazos
que me sirviera de ejemplo, de educación, de premisa.
Abrazaba a mamá muy fuerte,
como si fuese un hombre.
Como si mi madre,
alguna vez, aunque fuera un instante
hubiera podido ser
un hombre.
(Wild Rose en asalto)
Cada mañana levanto mis huesos de un colchón
-hasta ahora nunca me he quedado en la cama-
entro en el baño llevando colgado un pedazo
de muerte, el de volver a la vida.
Y antes de desayunar, cada mañana
entro en una habitación secreta
en la que está encerrado un león.
Abro la puerta y le miro.
El siempre despierta y bosteza.
Sus dientes se clavan en algunos agujeros
que tengo en el pensamiento. Los miro
y siento miedo. Pero
debo dar un paso adelante. Estoy dentro
y con la mano derecha -que tiembla-
cierro la puerta.
Sé que si no le temo no habrá problema.
Pero le temo y aunque no le temiese
temería temerlo.
Da igual, no hay alternativa. Me siento en el suelo
y sigo mirando su boca, su estampa, que es bella
y aunque creo que es el final, no pasa nada.
¿Qué piensa? Creo que no entiende o que sabe
demasiado. Un zarpazo sería suficiente. Espero
y mis pensamientos se dirigen a un abismo.
Me rebelo. Me revelo.
Lucho, quieto -la forma más digna de luchar- mientras
gira la cabeza y se relame.
Diez minutos después me siento en la banqueta
del bar de abajo, cojo un periódico y pido,
como siempre, un café con leche.
Empieza otro día y habrá gente.
Lo que no diga hoy
ya no podrá ser dicho.
No así, con este tono de gris mojado
No con esta voz de humo.
El cansancio de vivir
la palabra "demás" hinchada como un globo asesino.
El miedo a que todo se mezcle en mi cerebro
y deban cuidar de mi.
A hablar de futbol en clase de economía
a mi novia de mis amantes
a mis amantes de mi.
Todo lo que quisiera hacer, queriendo.
No sin alternativa. No confundiendo.
Este miedo enraizado en el azar y en los genes.
Si el destino y el no-destino se magrean en mi cama
creo que no puedo hacer nada.
Sólo reir, aceptar y fingir
como pasos previos al olvido
aunque intuya que la memoria me salve
que el miedo cabrón sea mi mejor amigo.
Tengo que escribirte de un conflicto
entre lo que quiero y lo que debo.
Quiero volar contigo
quiero volar con los demás
debo cambiarle de una vez el pañal
para que deje de llorar.
Quiero volver al lugar
en el que todo se manchaba
de aquella curiosidad.
Debo fichar a las ocho
pagar la hipoteca, morder el polvo
de esta felicidad.
Quiero temblar, descubrir
otra vez el paraíso.
Debo ayudar a ese chico
que no puede trabajar.
Quiero comprar ropa azul de segunda mano.
Debo aprender de una vez a anudar esta corbata.
Quiero parar, debo seguir
quiero jugar, debo partir.
Se convierte en costumbre. Me levanto
triste y eso
enciende todas mis alarmas.
Me debato, investigo, reflexiono. Pienso
sobre el mundo
la existencia y el sentido. Me asomo
al balcón de las preguntas
enormes y el viento me despeina
el corazón.
Pienso que
si estoy triste no funciono bien.
Un engranaje alterado
en mi proceso de producción de emociones.
No soy rentable. Trabajador existencial.
Pero no,
no puedo reaccionar así.
La tristeza es un color del arco ires
y deseo conocerla sin juzgarla.
Triste felicidad, te respeto.
Te dejo navegar por mis arterias.
No quiero pagar el peaje
de ignorarte
para vivir con más comodidad.
Hay un misterio que no quiero resolver
el click conjunto
la atracción de dos personas como impares.
Pasa y es bastante.
Con eso en la mochila
me basta para tirarme en cualquier parte
-siempre puede pasar aquí-.
Aquí es donde estoy,
en la distancia entre lo dicho
y todo cuanto callas.
Una manos bailarinas
y una lengua completa
que hable igual que besa.
Color, color, color
en tu expresión y en la
ropa que se cae con tres cubatas
cuando piensas todo en otro
cuando piensas todo en otro
(esta vez yo).
Y un esternón y la curva de tu espalda
son un mundo y un terrón
de azúcar con naranja.
Una especie en extinción.
Me aburren los poetas
que no juegan.
Lo lúdico es virtud
en la religión que yo profeso.
No me llenan las frases solemnes
prefiero la sonrisa
descubriendo una palabra-canica
escondida bajo el verso.
Sí, ya sé, no se usa
porque a otros les molesta
resbalar al encontrarla.
-Es parecido a caer en lo
vulgar-
Muy bien, la reinvidico.
No por ahogo a lo triste,
por el placer de esconder el placer
para el que aún mira
con los ojos de la sed.
La mirada prestada,
que no quiero hipotecar, de la niñez.
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