Qué difícil querer todos los días.
Por ejemplo, cuando llegas
con manchas en el saludo
amor se llama el juego
y el pensamiento arqueado.
Hace demasiados meses
que mis payasadas no provocan
y que habría que tirar este casette
no cabe ni un beso en el salón.
Cuando viajas en patinete a Senegal
y cada vez más tú
o te siembras en campos ya regados.
Por ejemplo, aquellos que me cubro
y cada vez más yo
colisionan los planetas en mi estela.
Qué difícil querer todos los días
aunque te busque en las mujeres que me encuentro
sin rastro de nosotros.
Tengo tantos derechos sobre ti.
Te he rodeado.
Si vienes, te va a gustar seguro.
Pero si voy, me caigo
en el pozo del que salen los guisantes
que ahora se acumulan bajo el lecho.
Ni nunca ni siempre ni ninguna
palabra trampa para este tiempo
puro como un cometa desatado
de su constelación.
Sólo hábiles contornos desdibujados,
firmes fronteras fugaces.
La felicidad borrosa de un miope
que despierta en la cama con alguien.
(Laura al asalto)
De pequeña, a veces
daba abrazos a mi madre
a modo de ensayo general por si alguna vez tuviera que abrazar a un hombre.
Pero mamá era suave y
tenía dos tetas (al menos al principio)
y no siempre funcionaba la ficción.
Mamá no apretaba muy fuerte
era pequeña y tenía el culo ancho
y la barriga de haber dado a luz
casi tres veces.
Mi mejilla contra la suya
--pareces una vaca--
pero no había barba en esa cara de nariz
aguileña y ojos
más aguileños aún.
Nunca encontré nada en sus abrazos
que me sirviera de ejemplo, de educación, de premisa.
Abrazaba a mamá muy fuerte,
como si fuese un hombre.
Como si mi madre,
alguna vez, aunque fuera un instante
hubiera podido ser
un hombre.
(Wild Rose en asalto)
Cada mañana levanto mis huesos de un colchón
-hasta ahora nunca me he quedado en la cama-
entro en el baño llevando colgado un pedazo
de muerte, el de volver a la vida.
Y antes de desayunar, cada mañana
entro en una habitación secreta
en la que está encerrado un león.
Abro la puerta y le miro.
El siempre despierta y bosteza.
Sus dientes se clavan en algunos agujeros
que tengo en el pensamiento. Los miro
y siento miedo. Pero
debo dar un paso adelante. Estoy dentro
y con la mano derecha -que tiembla-
cierro la puerta.
Sé que si no le temo no habrá problema.
Pero le temo y aunque no le temiese
temería temerlo.
Da igual, no hay alternativa. Me siento en el suelo
y sigo mirando su boca, su estampa, que es bella
y aunque creo que es el final, no pasa nada.
¿Qué piensa? Creo que no entiende o que sabe
demasiado. Un zarpazo sería suficiente. Espero
y mis pensamientos se dirigen a un abismo.
Me rebelo. Me revelo.
Lucho, quieto -la forma más digna de luchar- mientras
gira la cabeza y se relame.
Diez minutos después me siento en la banqueta
del bar de abajo, cojo un periódico y pido,
como siempre, un café con leche.
Empieza otro día y habrá gente.
Lo que no diga hoy
ya no podrá ser dicho.
No así, con este tono de gris mojado
No con esta voz de humo.
El cansancio de vivir
la palabra "demás" hinchada como un globo asesino.
El miedo a que todo se mezcle en mi cerebro
y deban cuidar de mi.
A hablar de futbol en clase de economía
a mi novia de mis amantes
a mis amantes de mi.
Todo lo que quisiera hacer, queriendo.
No sin alternativa. No confundiendo.
Este miedo enraizado en el azar y en los genes.
Si el destino y el no-destino se magrean en mi cama
creo que no puedo hacer nada.
Sólo reir, aceptar y fingir
como pasos previos al olvido
aunque intuya que la memoria me salve
que el miedo cabrón sea mi mejor amigo.
Tengo que escribirte de un conflicto
entre lo que quiero y lo que debo.
Quiero volar contigo
quiero volar con los demás
debo cambiarle de una vez el pañal
para que deje de llorar.
Quiero volver al lugar
en el que todo se manchaba
de aquella curiosidad.
Debo fichar a las ocho
pagar la hipoteca, morder el polvo
de esta felicidad.
Quiero temblar, descubrir
otra vez el paraíso.
Debo ayudar a ese chico
que no puede trabajar.
Quiero comprar ropa azul de segunda mano.
Debo aprender de una vez a anudar esta corbata.
Quiero parar, debo seguir
quiero jugar, debo partir.
Se convierte en costumbre. Me levanto
triste y eso
enciende todas mis alarmas.
Me debato, investigo, reflexiono. Pienso
sobre el mundo
la existencia y el sentido. Me asomo
al balcón de las preguntas
enormes y el viento me despeina
el corazón.
Pienso que
si estoy triste no funciono bien.
Un engranaje alterado
en mi proceso de producción de emociones.
No soy rentable. Trabajador existencial.
Pero no,
no puedo reaccionar así.
La tristeza es un color del arco ires
y deseo conocerla sin juzgarla.
Triste felicidad, te respeto.
Te dejo navegar por mis arterias.
No quiero pagar el peaje
de ignorarte
para vivir con más comodidad.
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